
El ya tan manoseado conflicto israelí-palestino es un tumor crónico que nadie, de los que pueden, tiene mayor interés en ponerle punto final. Es una de las mayores vergüenzas que persisten en este siglo. Si contraponemos esta situación con otras, en un ámbito próximo, que han entrañado una intervención internacional como Kuwait, Afganistán o Irak, la incomprensión es aún mayor. ¿Por qué se ha actuado en esos países y es imposible acometer una operación de paz en los territorios ocupados? La comunidad internacional desvela su incapacidad para resolver este asunto.
Todo conflicto enquistado incurre en el riesgo de la insensibilidad pero el grado de civilidad se reconoce por el nivel de intolerancia que provoca la violencia. Toda muerte indiscriminada, resultado de una agresión, es un asesinato y no un daño colateral. Todo ataque cruel genera sentimientos de venganza, y no hay perdón sin reparación. El dolor de un padre o una madre ante el cadáver de su hijo es universal y por eso nuestra indignación exige, con dureza, reclamar un ¡basta ya!.
Publicado en el Diario ABC el 29 de Diciembre de 2008